The dumb house, de John Burnside (Vintage digital, 2010)

Siempre hay una justificación para el crimen. Al menos eso es lo que se sostuvo desde la jurisprudencia durante siglos, que a todo crimen le corresponde una razón que permite a los jueces comprender el acto y ejecutar un castigo que le resulte acorde. Esto cambia, como tantas otras cosas, con la llegada de la Modernidad y más aún con el auge de la psiquiatría como disciplina normalizadora a partir del siglo XVIII, cuando la justicia recurre a la medicina mental para determinar si un delincuente es punible o si, por el contrario, no le puede responsabilizar de sus actos. Si existe una lógica, por perversa que esta sea, previa a la comisión del delito, entonces el individuo se someterá a la justicia, pero, si no se descubre esa racionalidad, entonces el criminal será considerado un monstruo moral, un loco, y su castigo será de otro tipo. Por eso aquella mujer alsaciana que en 1817 se zampó a su propia hija se libró del manicomio, pero no del sistema penal: porque tenía hambre. A pesar de los avances y los refinamientos que se han impuesto en los últimos doscientos años en las sociedades occidentales, la justicia sigue exigiendo evaluaciones psiquiátricas para determinar en qué circuito correctivo se introduce a un criminal; ese es el motivo por el que muchos siguen sospechando —como un simple prejuicio— que locura y delincuencia forman parte de un mismo continuo, lo que provoca dos consecuencias a tener en cuenta. La primera es que perdura el estigma injusto de la «enfermedad mental» como categoría peligrosa; la segunda es que la figura del psicópata criminal o el asesino en serie ejerce una fascinación terrible en la cultura contemporánea, al no poder delimitarse, muchas veces, cuánto hay en ella de locura y cuánto de pura maldad. Seguir leyendo “The dumb house, de John Burnside (Vintage digital, 2010)”