The dumb house, de John Burnside (Vintage digital, 2010)

Siempre hay una justificación para el crimen. Al menos eso es lo que se sostuvo desde la jurisprudencia durante siglos, que a todo crimen le corresponde una razón que permite a los jueces comprender el acto y ejecutar un castigo que le resulte acorde. Esto cambia, como tantas otras cosas, con la llegada de la Modernidad y más aún con el auge de la psiquiatría como disciplina normalizadora a partir del siglo XVIII, cuando la justicia recurre a la medicina mental para determinar si un delincuente es punible o si, por el contrario, no le puede responsabilizar de sus actos. Si existe una lógica, por perversa que esta sea, previa a la comisión del delito, entonces el individuo se someterá a la justicia, pero, si no se descubre esa racionalidad, entonces el criminal será considerado un monstruo moral, un loco, y su castigo será de otro tipo. Por eso aquella mujer alsaciana que en 1817 se zampó a su propia hija se libró del manicomio, pero no del sistema penal: porque tenía hambre. A pesar de los avances y los refinamientos que se han impuesto en los últimos doscientos años en las sociedades occidentales, la justicia sigue exigiendo evaluaciones psiquiátricas para determinar en qué circuito correctivo se introduce a un criminal; ese es el motivo por el que muchos siguen sospechando —como un simple prejuicio— que locura y delincuencia forman parte de un mismo continuo, lo que provoca dos consecuencias a tener en cuenta. La primera es que perdura el estigma injusto de la «enfermedad mental» como categoría peligrosa; la segunda es que la figura del psicópata criminal o el asesino en serie ejerce una fascinación terrible en la cultura contemporánea, al no poder delimitarse, muchas veces, cuánto hay en ella de locura y cuánto de pura maldad. Seguir leyendo “The dumb house, de John Burnside (Vintage digital, 2010)”

Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama, 2016)

Tendemos a vincular el terror con lo fantástico con demasiada frecuencia. Puede que ese sea uno de los motivos por los que durante mucho tiempo se lo ha considerado un género menor, destinado a mentes poco desarrolladas e incapaces de enfrentarse a la literatura de verdad. Lo mismo podría decirse de la ciencia ficción. El realismo se ha consagrado como el único prisma adecuado con el que dirigirse a la realidad, algo que no debería extrañarnos en una cultura positivista como la nuestra. Porque el terror clásico, de raíces gótica y romántica, viene de la mano de fantasmas, vampiros, resucitados, pactos con el diablo y demás elementos sobrenaturales propios de la superstición. Como buenos hijos de la Ilustración, no creemos en ellos y los despreciamos. Seguir leyendo “Las cosas que perdimos en el fuego, de Mariana Enríquez (Anagrama, 2016)”