Nebiros, de Juan Eduardo Cirlot (Siruela, 2016)

nebiros

Hay varios detalles que hacen de Nebiros una novela peculiar. El primero es que se trata de la única que escribe Juan Eduardo Cirlot, que destaca como poeta, crítico y ensayista entre las décadas de 1940 y 1970. El segundo es que Siruela la edita por primera vez en 2016, cuando su redacción data de 1950. El tercero es que no está claro que esta edición sea de la obra completa, porque el informe de la censura indica más páginas de las que tiene el original publicado y que es el único que se conserva. El cuarto es que Cirlot guarda el texto, aun cuando destruye por sistema todo el material que no publica. Nos encontramos, por tanto, ante un caso si no excepcional, al menos bastante curioso.

Lo más inaudito es que tanto el propio Cirlot como Josep Janés —quien debía ser el editor de la novela— pensaran por algún momento que podía ser publicable durante la dictadura. El clima pesimista, las visitas a los burdeles de la ciudad portuaria que hace el personaje principal, el relativismo moral; todos los elementos de la novela ponen en duda los principios del Movimiento, aun cuando no lo hagan de forma explícita. Ese punto es, quizá, el que resulta más peligroso. No hay ninguna crítica, ninguna mención de signo político, ni Cirlot es sospechoso de ser subversivo, pero la atmósfera de Nebiros es sucia y pegajosa, ataca en lo más profundo la decencia que se supone imperante durante la dictadura nacional-católica. Porque no hay Dios, ni hay luz. El mundo que describe es gris y grosero, está hundido en la desesperanza.

El relato es casi inexistente: un señor, soltero y de mediana edad, sale de la oficina de una empresa heredada de su padre, va a casa, da un paseo, va a cenar, vuelve a casa, baja al burdel y vuelve a casa dando un rodeo. En ese sentido recuerda al Ulises de Joyce, porque apenas hay acción, porque no ocurre ningún hecho reseñable que haga avanzar la trama. También por las necesidades sexuales que, por un lado, acucian al protagonista y, por otro, le repelen. Al mismo tiempo, el infierno monótono de la oficina, de las cuentas, y la omnipresencia de un padre severo tienen mucho de kafkiano.

Pero el protagonista forma parte de esa tradición de personajes hipersensibles incapaces de enfrentarse al mundo que se remonta, como mínimo, al Romanticismo. Es un personaje pasivo que no hace mucho más que mirar y reaccionar a los acontecimientos lo mejor que puede. Como el narrador de El hombre de la multitud de Poe, camina y observa. Pero su desprecio por la masa anónima es mayor que el de este, aun cuando ambos comparten ese sentimiento elitista que les hace distinguirse de ella, reclamarse como individuos. Al menos por momentos, porque el protagonista de Nebiros se reconoce en esa masa. La desprecia tanto como se desprecia a sí mismo que, siendo mejor, es igual que ella. Porque la fealdad de las gentes, de las calles, la indistinción en las formas y los colores, no son sino proyecciones de su propio estado mental. Lo de fuera es como lo de dentro.

Nebiros es un demonio de la corte infernal, señor del desorden y del pecado indeterminado. En la novela aparece en tres ocasiones: en un libro titulado Los secretos del infierno, que el personaje principal ojea en su casa, en el cartel de un bar y en unas letras desdibujadas en el quicio de una puerta. De las tres veces, solo la primera es segura. Las otras dos participan de la indeterminación de la cual el demonio es patrón, y que es el mal íntimo que afecta al protagonista, tan incierto que ni siquiera tiene nombre. Ni él, ni nada. Todo es vago y anodino: sus estados mentales y emocionales, el barrio, el puerto, la ciudad, la propia vida. Aquí es donde las escasas referencias a la magia cobran importancia. Su antiguo interés por la filosofía no logra calmar la inseguridad metafísica que le acosa. La magia, por el contrario, supone un método para cambiar el mundo, para afirmar la voluntad del mago. Ante la crisis existencial —la náusea sartreana—, la magia se presenta como la única posibilidad de dotar de significado a la existencia, de imponer orden sobre el caos. Porque todo en la novela se rige por el principio hermético «como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera». Eso, y no otra cosa, es lo que aterra al protagonista: que el universo es igual de caótico que su propia psique, y que comparten el mismo sentido. Ninguno

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