Cançons d’amor i de pluja, de Sergi Pàmies (Quaderns crema, 2013)

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En las —escasísimas, por otra parte— ocasiones en las que alguien me pide que le recomiende algún libro, mi primera respuesta es siempre la misma: ¿qué te gusta leer? No creo que puedan hacerse recomendaciones a ciegas, al menos si se quiere acertar, ni que exista ningún libro capaz de agradar a todo el mundo. Hay quien adora la ciencia ficción y a quien le repele; quien ama el realismo mágico y quien detesta la fantasía; quien prefiere lecturas ligeras y quien solo lee obras que le supongan un reto. Novedades, clásicos, novela, ensayo, poesía… las posibilidades son infinitas, por eso veo necesario limitarlas averiguando por qué terreno se mueve quien me pregunta. Existe una variación, y es que las recomendaciones sirven para conocer mejor a quien se le piden. «Qué me recomiendas leer» puede ser una forma sutil de interrogatorio, un método efectivo y poco arriesgado de conocer mejor a nuestros interlocutores; porque lo que se desliza tras esa pregunta de apariencia inocente puede ser en realidad: «¿Cuáles son tus preferencias y qué puedo deducir de ellas? ¿Habrá algún punto de contacto entre nosotros?». Seamos emisores o receptores, las recomendaciones sirven para evaluar el gusto, para saber si compartimos criterios o si, en caso contrario, hemos de buscar afinidades en otros lugares; siempre que la otra persona nos interese, claro está.

No hace mucho, una amiga me enviaba por mensajería instantánea una fotografía. Se trataba de un texto, un fragmento de «Dos radiofonistes» (Dos radiofonistas), relato incluido en este Cançons d’amor i de pluja —hay traducción castellana, titulada Canciones de amor y de lluvia, en Anagrama—, que le había encantado:

L’home és dels pocs que encara resisteixen, en part perquè confia en una mena de justícia compensatòria i en part perquè s’alimenta amb el combustible de la rancúnia. Abandonar equivaldria a renunciar a tot el que ha invertit fins ara, creu.

[El hombre es de los pocos que aún resisten, en parte porque confía en una especie de justicia compensatoria y en parte porque se alimenta con el combustible del rencor. Abandonar equivaldría a renunciar a todo lo que ha invertido hasta ahora, cree.]

Estas dos frases sirvieron como gancho: ofrecían un misterio —quién era ese hombre y a qué resistía— y, sobre todo, transmitían una obstinación con la que mi amiga decía identificarse. A partir de aquí, solo pude buscar un ejemplar del libro. En los veintiséis cuentos reunidos en este volumen aparecen personajes descreídos, narradores que reflexionan sobre el hecho mismo de escribir y de narrar, parejas que se deshacen por nimiedades, situaciones absurdas en las que nos vemos involucrados los lectores, tortugas, problemas familiares —con lápidas o extraterrestres—… Los textos son en su mayoría brevísimos, y su variedad hace que su lectura sea muy rápida además de divertida. Por el título del libro podríamos esperar una colección de clichés, pero Pàmies ridiculiza los tópicos sobre el amor —las canciones y la lluvia se utilizan hasta la náusea como imágenes de la melancolía y el desamor— sin caer en el nihilismo. Es irónico pero sensible, puede que incluso tierno. De su lectura he extraído, además del placer intrínseco del propio acto, dos cosas: a Pàmies como narrador y el criterio de esta amiga como algo a tener en cuenta.

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