Croatoan, de José Carlos Somoza (Stella Maris, 2015)

 

Croatoan

Uno de los mitos fundacionales de los Estados Unidos, y puede que el más inquietante de todos ellos, es el de la colonia de Roanoke. En 1587, siendo todavía territorio inglés y durante la guerra contra España, un grupo de colonos llegó a Roanoke con la intención de buscar ayuda para establecer un nuevo asentamiento en la bahía de Chesapeake. Para su asombro, lo único que encontraron fue un esqueleto y una palabra tallada en el tronco de un árbol: Croatoan. Nada más se supo del centenar de habitantes de la zona, lo que sirvió para bautizar dicho asentamiento como la Colonia perdida. Tampoco se averiguó el significado de esa palabra. Las especulaciones en torno a lo ocurrido durante los tres años en los que no hubo contacto con la zona son numerosas, y van desde la integración de la población inglesa en las tribus locales hasta su muerte durante algún desplazamiento provocado por causas climáticas o alimenticias; eso sin entrar en las hipótesis sobrenaturales.

Somoza emplea este misterio como excusa para escribir una novela de ciencia ficción que reflexiona sobre la libertad y el determinismo biológico. Más allá de lo bien que resuelva la trama y de lo convincente de sus premisas, a mí como lector se me plantea un problema que cada cual considerará según sus propios prejuicios: la protagonista de la novela, Carmela Garcés, es una joven etóloga que se ve obligada a investigar unos acontecimientos de escala global cuyas consecuencias pueden ser fatales. Es una mujer inteligente y ha conseguido librarse, más o menos, de una relación abusiva; también es sensible y un poco infantil pero, sobre todo, es guapa. Es un personaje complejo —Somoza plantea una idea interesante al caracterizar la relación con su exnovio como una adicción—, y el hecho de que se subraye su belleza no tiene una mayor importancia.

Hasta que nos damos cuenta de que con los otros dos personajes femeninos relevantes —no me atrevo a decir que son los únicos porque no lo recuerdo— ocurre lo mismo. Fátima, la muchacha argentina discípula de Mandel, es una drogadicta interna en una clínica psiquiátrica. También es atractiva. Busto es una soldado que forma parte de un comando de operaciones especiales, racional y tan dura como el resto de sus compañeros. También es atractiva. Así que tenemos a la niña guapa, a la guapa loca y a la guapa peligrosa que, para colmo, se apellida Busto. Puede que todo sea casual, pero a estas alturas no puedo evitar que estos detalles me escamen. No logro entender qué aporta que los personajes femeninos destaquen por su belleza, más allá de una sexualización innecesaria por irrelevante para la trama, y que no encuentra equivalencia en lo que ocurre con los personajes masculinos. Una vez visto esto, los demás aspectos de la novela me parecen secundarios, y es el único aspecto que me sigue rondando la cabeza al terminar la lectura.

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