Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino (Siruela, 2015)

Noche viajero

 

Cómo saber si una novela es buena o mala es una de esas cuestiones peliagudas a las que nadie es capaz de dar una respuesta satisfactoria. Por mucho que nos empeñemos algunos —lectores, críticos o autores—, más allá de las bondades estilísticas o estructurales, más allá de la buena resolución de la historia o la profundidad psicológica de sus personajes, más allá de lo originales que resulten de sus planteamientos, hay alguna cualidad indefinible que hace grande una novela o la deja en ese montón de libros correctos que no tardarán en olvidarse. Lo que sí parece una condición indispensable, sin embargo, es que nos absorba, que nos hunda en su trama y nos inste a pasar una página tras otra con el ansia y la excitación que provoca la necesidad de saber más, y de saberlo cuanto antes. Una gran novela se parece a una adicción que nos somete y de cuya sumisión extraemos un placer que nos atrapa, lo que da lugar a un círculo de sumisión-placer-sumisión que solo se rompe cuando cerramos el libro por última vez, una vez terminada su lectura.

Ahora bien, uno de los grandes rasgos atribuidos a la literatura —y al arte en general— posmoderna es su narcisismo, su ensimismamiento. Esto implica que quienes crean las obras son conscientes de que aquello que están creando forma parte de una tradición, de un proceso, que emplea ciertas técnicas y artificios que hacen de la obra obra. No solo eso, sino que a menudo se emplean dichos artificios como parte integrante del texto, que expone su propia estructura o su propia naturaleza de ficción con el fin de destruir la llamada «suspensión de la incredulidad» y enfrentarnos a quienes leemos al acto mismo de leer.

Esta voluntad de mostrar el libro como artefacto se opone a la inmersión en la historia a la que se aspira en las novelas habituales, y es el punto de arranque de Si una noche de invierno un viajero. Aquí, un lector compra la última novela de Italo Calvino, titulada Si una noche de invierno un viajero. El juego metalitarario ya ha empezado, porque el narrador se dirige a ese Lector en segunda persona, lo que convierte a quien tiene el libro entre sus manos en personaje y partícipe de la novela, que se titula igual y es del mismo autor que aquella que aparece en la novela que está leyendo. El problema surge cuando se da cuenta —y nosotros con él, porque le acompañamos en su lectura— de que tras unas veinte o treinta páginas, el libro se trunca y lo que sigue no tiene relación con lo anterior. De este modo, nos encontramos ante un viajero que acude a una estación para hacer un intercambio de maletas; con dos muchachos que cambian de pueblo para aprender otros trabajos con otra familia; con un hombre que intenta seducir a una mujer y se ve envuelto en algo que no espera; con un espía contrarrevolucionario; con un hombre y una mujer que pretenden deshacerse de un cadáver; con un corredor que contesta un teléfono que no es el suyo; con un empresario millonario obsesionado con los caleidoscopios y los espejos; con un estudiante que desea a la hija de su maestro pero acaba acostándose con su esposa; con un muchacho que viaja para conocer a su madre tras la muerte de su padre; y con un hombre que empieza a borrar con su mente todo lo que se interpone entre él y la mujer que le gusta.

Se trata de los diez inicios de las diez novelas que el Lector y Ludmilla —la Lectora que conoce en la librería y que le empuja en su búsqueda— encuentran siguiendo el rastro interrumpido de Si esta noche de invierno un viajero, y que se interrumpen a su vez. Lo que comienza como una reclamación por un error ocurrido durante la encuadernación de los ejemplares que han comprado los dos se convierte en una investigación literaria que les lleva —nos lleva, puesto que se nos interpela a través del «tú»— de un volumen a otro, de una novela a otra, de una autor a otro, de una traducción a otra, en una serie de libros inconclusos como un jardín de senderos que se bifurcan. Hay algo de Borges en esta búsqueda constante, en el universo libresco que habita de repente el Lector; también hay algo del Eco de El péndulo de Foucault, de su falsa conspiración a través de libros y autores igual de falsos. Porque lo que descubre el Lector es una cábala de apócrifos en la que se atribuye a los libros el poder de modificar la sociedad, pero, por encima de todo, donde se identifica en la palabra escrita el lugar ideal sobre el que ejercer el poder y el control por parte de las autoridades estatales.

Ermes Marana —antiguo amante de Ludmilla y cuyo nombre apunta a Hermes, el dios mensajero griego, divinidad de los viajes y las fronteras, de la oratoria y los mentirosos— es el ideólogo de esta urdimbre de libros apócrifos que vincula los diez inicios de las diez novelas inconclusas, y es a través de su aspiración de demostrar a la Lectora que la literatura no es más que una serie de trampas como avanza la acción, y como se nos presentan los distintos personajes que exponen sus diversas teorías sobre la literatura y su relación con el mundo real. La novela puede dividirse en dos grandes bloques. Por un lado, la investigación del Lector, donde aparece el escritor Silas Flannery y en la que se plantean problemas de la teoría y la crítica literaria, sin que esto castigue a la novela con una densidad de la que carece —no porque no sea estimulante en lo intelectual, sino porque sigue siendo amena—. Por el otro, los diez inicios de novela en los que Calvino explora todos los tipos de novela posibles, al menos para él, y que el crítico Angelo Guglielmi caracterizó en su crítica de 1979 como la novela de la niebla, la de la experiencia corpórea, la simbólico-interpretativa, la político-existencial, la cínico-brutal, la de la angustia, la lógico-geométrica, la de la perversión, la telúrico-primordial y la apocalíptica. En su conjunto, Si una noche de invierno un viajero es una profunda reflexión sobre la escritura, pero es también un juego literario; y como todo buen juego, tiene una parte importante de diversión, en especial por la parte que tiene de comedia de enredo cuya víctima es el Lector, que es el protagonista de la historia, pero que también soy yo y que también eres tú.

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