Cicatriz, de Sara Mesa (Anagrama, 2015)

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¿Cuándo empieza lo enfermizo? Si existe una línea que divida con claridad las conductas saludables de las obsesivas, yo no la conozco. Me gustaría saber dónde está esa frontera que permite decir «de aquí para allí, bien; de aquí para allá, mal». Pero lo cierto es que sé —como tú también lo sabes— que ese límite no existe. O, mejor dicho, que es algo móvil que varía según el tipo de relación y según quiénes participan en ella. Como suele ocurrir en los asuntos sentimentales: es complicado. Si en soledad los seres humanos ya resultamos complejos, en cuanto empieza la combinatoria esa complejidad aumenta de forma exponencial.

Más aún cuando esa relación se desarrolla a través de una pantalla, en ese plano que llamamos virtual por mucho que forme una parte importante de nuestras vidas cotidianas, y por mucho que sus efectos se hagan notar en la vida «real». Sara Mesa utiliza ese campo difuso para tramar una historia de afectos —llamar amor a esto me parece inapropiado— en Cicatriz, una especie de novela epistolar contemporánea con narrador en tercera persona. Todo empieza cuando Sonia viaja a Cárdenas para acudir a una quedada del foro literario del que es miembro, aunque su ciudad está a setecientos kilómetros y no sabe muy bien por qué lo hace. Pasados unos días, recibe un mensaje privado de Knut Hansum, otro de los miembros del foro, que no asistió a la cena aunque vive en la ciudad. Le dice que ha oído que es muy guapa y le propone un trato: enviarle unos libros a cambio de una foto. [Aviso: a partir de aquí repasaré algunos elementos de la trama, por si quieres saltar al último párrafo.]

Es evidente que hay algo raro, pero Sonia se ve atraída no tanto por un supuesto peligro como por la idea de transgresión que ve asociada a dicho intercambio. Pide la opinión de una de las compañeras del foro, y solo es cuando esta le contesta que ella no lo haría cuando Sonia acepta el trato. Poco a poco, envío tras envío, Knut impone sobre Sonia un modelo al que debe adaptarse: guía sus lecturas, su escritura —que halaga en su conjunto para acto seguido destrozar en los detalles— y sus escuchas musicales, y pronto pasa a los perfumes, la lencería, la ropa y los zapatos. Todo de marca y todo robado. Adopta primero el papel de mentor y después el de proveedor, siempre a cambio de nada… solo las atenciones que exige, la aceptación de su voluntad y el juego de la seducción distante. Knut es obsesivo y manipulador, es perverso —desde el punto de vista de una sexualidad normativa, aquí no hay un juicio moral— y no duda en humillar ni en abusar de una de sus amantes; algo que confiesa a Sonia sin ningún pudor y sin darle la mínima importancia, pasando por alto el hecho de que penetrar a su amante mientras está dormida solo acepta el nombre de violación.

Por el contrario, Sonia se convierte en un objeto de culto, en el receptáculo donde se encarna un modelo de feminidad que Knut proyecta. El problema estriba en que dicha encarnación solo ocurre en la mente de un Knut incapaz de asumir que la Sonia real no puede encajar en la Sonia con la que él fantasea. Durante años se escriben a diario, y establecen una relación peculiar, con una dependencia emocional soterrada, basada en la vanidad y en el fingimiento; porque mientras él finge que no desea de ella nada más que su éxito literario y su conversación, ella finge que le encanta esa avalancha de regalos con los que no sabe qué hacer. Él se impone y ella se deja hacer ante ese ciclo de excitación y frustración que él genera. Knut actúa por sedimentación, aplicando con sutileza y con paciencia su fantasía, por eso exige que Sonia sea constante y repase cada detalle con esmero fetichista. Pero no se trata de un diálogo, sino de un monólogo en el que Sonia es el espejo que refleja la visión de Knut; es ella, pero podría haber sido cualquier otra.

El desorden cronológico y la estructura circular de la novela contribuyen a reforzar la desorientación y la claustrofobia de esta historia de control y de sexualidad desgenitalizada —sublimada— entre dos personajes antagónicos, arrastrados el uno por un ideal y la otra primero por la vanidad y más tarde por la inercia. He de admitir que yo esperaba una mayor ambigüedad, algo similar a Hard Candy, donde las relaciones de poder fluctuasen entre los dos, cuando la turbiedad de Cicatriz se encuentra en una sutileza tal que podría llevarnos a dudar del papel de Sonia como víctima de Knut. Porque a pesar de todo, a pesar de sus compañeros de trabajo, de sus amigas, de su marido y de su hijo, la vida de Sonia orbita siempre en torno a Knut, a sus paquetes, a sus correos electrónicos y a sus SMS. La cicatriz del título hace referencia a la de su cesárea, que representa la normalidad de Sonia frente a la anormalidad de Knut, la existencia de alguien con un nombre real frente a la de alguien escondido tras un seudónimo; pero también es la de aquellos vínculos que nos marcan en lo más hondo, la que dejan aquellas personas que nos hieren con tal intensidad que después casi echamos en falta el dolor que nos han causado.

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