La pianista, de Elfriede Jelinek (Círculo de lectores, 2004)

Cuando una amiga me preguntó qué estaba leyendo y le dije que era mi tercer intento con La pianista, comentó algo como «Eres muy insistente, ¿no?». Lo cierto es que no lo soy, pero he de reconocer que algunos libros se me han resistido y no he descansado hasta leerlos. Puede que haya algo de orgullo en esa actitud, que solo despierta en casos aislados —aunque también es cierto que no suelo dejar demasiados libros a medias—. Tengo claro, por ejemplo, por qué me ocurrió con La máquina blanda, de Burroughs. También recuerdo los motivos que me llevaron a dejar la novela de Jelinek en dos ocasiones, pero mi sorpresa llegó cuando no los encontré en la tercera.

Sé, porque para esas cosas tengo buena memoria, que La pianista me parecía una novela durísima. Había visto la película de Haneke, así que ya sabía qué esperar cuando me hice con ella. Es la historia de Erika Kohut, una profesora de piano, concertista frustrada, que a mitad de la treintena parece una mujer de mediana edad: solterona, con una vida rutinaria, obsesiva con su trabajo y ahorradora. La suya es ejemplo de existencia ordenada y respetable. Pero ese tipo de vidas a menudo esconden una parte turbia, como el rencor que siente la profesora hacia aquellas alumnas que podrían lograr lo que ella no pudo, o como esa sexualidad perversa —en el sentido de no normativa— producto de la represión.

Si algo me producía rechazo en las lecturas anteriores no era dicha sexualidad que despierta hacia el final de la novela, sino la relación que mantienen Erika y su madre. Ambas comparten un pequeño y viejo apartamento donde todas las actividades y los horarios están establecidos por el hábito o, mejor dicho, por la voluntad de una madre que se impone ante su«niña». Cualquier movimiento fuera de la norma ha de justificarse, lo que no evita el enfrentamiento entre las dos mujeres. Podría decirse que se adoran con rencor. Existen como uno de esos matrimonios simbióticos en los que un miembro no puede, o no sabe, hacer nada sin la otra parte de la pareja. Su interdependencia es enfermiza, y la vigilancia de la madre llega hasta el punto de que ambas comparten la cama. Así se evitan las tentaciones y las manos errantes.

Esa es la razón por la que Erika, que es una señora fuera de casa pero una niña dentro de ella, se ve empujada a mentir y a buscar alivio sexual de formas no convencionales. Al crecer bajo una disciplina férrea, las ideas de amor y dominación se mezclan para ella de forma que el uno es indistinguible de la otra, al mismo tiempo que su cuerpo permanece inaccesible incluso para ella. Tocarlo es tabú. Jelinek lo describe con precisión: «En Erika todo lo que tiene cierres está cerrado». Por eso los avances del joven Walter Klemmer, alumno suyo y deportista empedernido que se propone seducir a su profesora mientras aún conserva cierto atractivo, resultan tan desestabilizadores no solo para Erika, sino también para su madre. La irrupción de un hombre en la vida de la niña supone para la madre la mayor amenaza de todas, puesto que puede despertar su deseo y, con él, sacarla de la niñez forzada a la que su voluntad la tiene sometida. La aterroriza perder a su hija, pero como aterroriza a un viejo avaro perder su joya más valiosa: no por amor, sino por sentido de la propiedad.

Lo que Jelinek propone es una per-versión, una variación sobre el tema tradicional del triángulo amoroso, salvo que aquí hablar de amor parece demasiado atrevido. La única que parece amar de verdad es Erika, pero, cuando se permite hacerlo, lo hace de la única forma que sabe. Eso es lo que escandaliza a Klemmer, cuyas intenciones tampoco son del todo honestas, pero que no espera que la situación tome el rumbo que toma. Él, que lo tiene todo bajo control, se encuentra con que nuestras proyecciones, aquello que esperamos del mundo, con frecuencia no es lo que nos encontramos. Arrojar luz sobre las superficies opacas suele traer sorpresas. Eso es lo que hace Jelinek en esta novela repleta de recovecos y aristas, de situaciones difíciles y personajes complejos. No es un libro cómodo, pero ha valido la pena la insistencia.

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