Teoría King Kong, de Virginie Despentes (Melusina, 2009)

A la vista de las jaurías de depredadores sexuales que se mueven por nuestras calles y por las redes sociales, a la vista de que se juzga la actitud de una joven de dieciocho años por no considerarla lo bastante dañada por una agresión sexual, creo que es necesario recordar el caso de Virginie Despentes. En julio de 1986, Virginie es una joven punk rockera de diecisiete años. Vuelve de Londres con una amiga, haciendo autostop hasta Dover y pidiendo dinero para el ferry que las lleva a Calais. Desde allí vuelven a hacer autostop hasta el oeste de París, donde esperan que se haga de día para continuar su viaje hasta Nancy. En aquel aparcamiento para camiones, tres chicos un poco macarras se les acercan y les ofrecen llevarlas al otro lado de la ciudad. En un principio se niegan, pero terminan por aceptar el ofrecimiento y se suben al coche. Al fin y al cabo, no parecen agresivos, sino solo una pandilla de tipejos simpáticos. No es necesario ser paranoica. Entonces las violan.

Las dos visten minifalda y llevan el pelo pintado de colores, no son menos macarras que los chavales que las llevan. Tampoco son unas niñas ingenuas que no saben reconocer el peligro cuando lo tienen delante y, sin embargo, allí están, en el coche de unos desconocidos y rodeadas de señales de alarma por todos lados: sus risas cómplices, la invisibilización a la que las reducen nada más cerrarse las puertas; el juego va con ellas, pero ellas no participan. Después vienen los golpes y la violación. Virginie lleva una navaja en el bolsillo de la chaqueta, y mientras se la meten por la fuerza en lo único en lo que puede pensar es «que no la encuentren». Ni se le pasa por la cabeza que pudiera utilizarla para defenderse, solo que las consecuencias de que se la pudieran encontrar serían fatales.

No denuncia, no lo cuenta. Sospecha desde el principio que acudir a la policía y narrar los hechos ante otros hombres la volvería a colocar en una situación de peligro. Con esas pintas, ¿cómo van a violarla? Es más, si no hubiera querido, si de verdad no hubiera querido, no habría sobrevivido. La única salida ante una violación es la muerte: muerte del agresor, muerte de la víctima, o vergüenza incapacitante que equivale a la muerte social de la agredida:

Una mujer que respeta su dignidad hubiera preferido que la mataran. Mi supervivencia, en sí misma, es una prueba que habla contra mí. El hecho de tener más miedo a la posibilidad de que te maten que a quedar traumatizada por los golpes de pelvis de tres cabrones, parecía algo monstruoso: yo nunca había oído hablar del tema, en ninguna parte. Gracias a mi condición de punky practicante, podía vivir sin mi pureza de mujer decente. Porque es necesario quedar traumatizada después de una violación, hay una serie de marcas visibles que deben ser respetadas: tener miedo a los hombres, a la noche, a la autonomía, que no te gusten ni el sexo ni las bromas. Te lo repiten de todas las maneras posibles: es grave, es un crimen, los hombres que te aman, si se enteran, se van a volver locos de dolor y de rabia (la violación es también un diálogo privado a través del cual un hombre declara a los otros hombres: yo me follo a vuestras mujeres a lo bestia). Así que el consejo más razonable, por diferentes razones, sigue siendo: «guarda eso en tu fuero interior.» Asfixiada entre dos órdenes. Púdrete, puta, como quien dice.

Es terrorífico que la violación sea el único crimen en el que la víctima resulta ser la responsable de su sufrimiento. La denuncia, el hacer público el hecho, pone en marcha una serie de mecanismos dignos de la duda metódica cartesiana: cómo ibas vestida, cómo actuaste, qué dijiste, de verdad no querías, no lo provocaste de acción, por omisión o de pensamiento, por qué sigues viva, cómo puedes siquiera hablar de ello, no estarás mintiendo… No tenemos más que enchufar la televisión para comprobar cómo funciona esta lógica que criminaliza a una víctima que no aparenta estar lo bastante traumatizada, porque lleva una vida normal, como si hoy te roban la cartera y mañana, al pagar el café en el bar, te dicen: «¡Mírate! ¡Sigues gastando dinero!». Al mismo tiempo, se despierta lo que podríamos llamar el Síndrome de la polla herida. Por un lado se argumenta que hay que esperar a que la justicia dicte sentencia, que ha de respetarse la presunción de inocencia de los acusados; por otro, infinidad de hombres se defienden con un «yo no lo haría», un «no todos los hombres somos iguales» o alguna otra perogrullada englobable bajo la etiqueta not all men.

La perversidad aquí es doble, porque se victimiza a los agresores mientras se culpabiliza a las víctimas. No es de extrañar que muchas mujeres no denuncien. Despentes no lo hizo, ni habló de lo ocurrido durante años. Cuando lo hacía, evitaba la palabra «violación», incapaz de soportar la carga simbólica que conlleva. Si a ella la lectura de Camille Paglia le ayudó a aceptar su violación —es un riesgo que aceptan todas las mujeres al abandonar el terreno doméstico que la sociedad les tiene reservado—, a tomar el camino del feminismo y de la escritura, creo su Teoría King Kong puede ayudar a muchos hombres y a muchas mujeres a entender mejor en qué consiste la lógica de la violación que impregna nuestra sociedad y que nos infantiliza a todos: a las mujeres porque las hace incapaces de defenderse, a los hombres porque nos hace incapaces de resistir nuestro deseo. Tanto como relato autobiográfico de superación sin condescendencia y sin almíbar, cuanto como introducción bien documentada al feminismo pro-sexo y activista de tercera ola, debería ser lectura obligatoria en los institutos. Mi admiración hacia esta mujer es infinita.

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