Smoke gets in your eyes, de Caitlin Doughty (W. W. Norton & Company, 2015)

Ya podemos echar a correr en círculos agitando los brazos, porque vamos a morir todos. Quizá no ahora, pero ocurrirá. La muerte de todo ser vivo es el único acontecimiento del que podemos permitirnos no dudar. Es curioso observar todo el entramado de mecanismos mediante los cuales alejamos esa certeza y la arrinconamos en lo más profundo de nuestra conciencia, aun cuando la muerte es un fenómeno universal y tiene una presencia importantísima en el cine, las series, la literatura y en el resto de prácticas culturales. Esta distancia es sorprendente, y creo que apunta a la necesidad íntima de experimentar un fenómeno que nos aterroriza desde la seguridad que ofrece el espectáculo. Es decir, a sabiendas de que no es real y que el dolor que podemos sentir es pasajero y no dejará cicatrices profundas. Pero lo más importante es que la ficción permite comprender hechos que nos abruman y ante los que no sabemos cómo reaccionar porque su dolor sí es real y perdurable.

La cultura occidental está obsesionada con la experiencia estética de la muerte, pero pone todos los medios a su alcance para que sea poco más que eso, para que la vida no se vea afectada por la certidumbre de su final. Esto resulta aún más llamativo al tener en cuenta la relativa novedad de este fenómeno. Hasta bien entrado el siglo XX, la gente moría en casa, donde también se velaba su cuerpo, y existían fórmulas y periodos para expresar el duelo. Nada de eso existe ya; no hay —casi— nadie que guarde dos años de luto por su pareja, por ejemplo. Ni quien guarde mechones de pelo de sus seres queridos, o incluso encargue joyas con ellos. Esta costumbre de la Inglaterra victoriana ahora nos puede parecer morbosa, cuando era una muestra de afecto profundo —la ventaja que tiene el pelo sobre otros productos corporales es que no se pudre y, por tanto, puede conservarse durante mucho tiempo—.

Claro, que las tasas de mortandad actuales no tienen nada que ver con las del siglo XIX, ni las de la primera mitad del XX. Ese puede ser uno de los motivos por los que la muerte resulta tan traumática hoy en día. Ha dejado de sernos familiar. Sabemos de ella como sabemos que existen los ricos: alguna vez nos cruzamos con uno, pero no es lo común. Eso es lo que le pasa a Caitlin Doughty cuando tiene ocho años. Está con su padre en un centro comercial cuando ve que una niña de más o menos su edad está subiendo por una estructura metálica próxima a un ascensor. De repente, se le resbala el pie y cae al vacío. Durante semanas resuena en sus oídos el ruido de aquél cuerpo al golpear el suelo, y la acosa la convicción de que ella también va a morir. Para evitar la muerte de su madre empieza a masticar y escupirse la ropa, y desarrolla toda una serie de rituales que resultarán un trastorno obsesivo compulsivo que tardará años en superar. Lo que no superará nunca es su fascinación con la muerte.

A los veintitrés años y después de titularse en Historia medieval, decide entrar en la industria funeraria como operaria de incineradora. Su trabajo no hace sino reafirmar las sospechas que tiene desde la caída de aquella niña: que la sociedad occidental —en especial la estadounidense— ha roto con el pasado, y se ha «librado» de las ideas tradicionales en torno a la mortalidad y los modos con que se tratan los cuerpos de los difuntos. Las ansias por prolongar la vida de los ancianos incluso cuando su calidad de vida es ínfima o la obsesión por la juventud y la belleza, son muestras de ese negacionismo en torno a la muerte como una parte fundamental de la vida. Lo mismo ocurre con el auge de las cremaciones o con el embalsamado de los cuerpos para prevenir o eliminar su putrefacción. Doughty cuenta cómo es durante la Guerra civil estadounidense cuando se populariza el embalsamamiento, lo que permite trasladar los cuerpos de los soldados caídos a sus hogares para que su familia pueda enterrarles. Es en ese momento cuando la industria funeraria pasa de considerarse una especie de monstruo carroñero que se lucra con el dolor de los demás a verse como algo respetable, como una parte de la medicina que requiere unas técnicas especializadas y ajenas al común de la población.

Algunas de esas técnicas, vivencias y problemas aparecen en este Smoke gets in your eyes, and other lessons from the crematory (El humo te entra en los ojos y otras lecciones del crematorio, aunque en la edición española se ha optado por titularlo Hasta las cenizas: lecciones que aprendí en el crematorio) expuestas con sencillez, sentido del humor y mucho respeto. A pesar de lo que pudiera parecer, no hay morbo en estas páginas que mezclan las memorias con el ensayo, sino la voluntad de renaturalizar la muerte como un acontecimiento doloroso, sin duda, pero que no debería ser traumático. Al invisivilizarla lo único que se consigue es privarnos de procesos que nos permitan lidiar con sus consecuencias, en especial el luto. El libro, el canal de Doughty en Youtube llamado Ask a mortician, la fundación —junto a artistas, académicos y otros profesionales de la industria fúnebre— de la asociación The order of the good death en 2011 y de la funeraria Undertaking LA —donde ofrecen entierros naturales y un trato más cercano entre los difuntos y sus seres queridos— forman parte de un proyecto más amplio, que aspira a la aceptación de la muerte y a evitar la ansiedad, la confusión y el terror que llega a ocasionar en miles de personas y que afectó a la pequeña Cait. Lograr una buena relación con la muerte es una tarea ardua pero encomiable, que quizá lleve a un mayor aprecio a la vida.

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