Hormigón, de Thomas Bernhard (Alfaguara, 2002)

Bernhard+16

 

La ventaja principal de las bibliotecas públicas es que ponen a nuestra disposición una cantidad ingente de libros de forma gratuita. Para quienes tienen poco espacio —o leen mucho— el beneficio de las bibliotecas es incalculable. Pero más allá de estos aspectos prácticos, los libros de las bibliotecas ofrecen detalles que pueden despertar nuestra curiosidad. Hay rastros de quienes han leído ese libro antes, huellas de intereses ajenos que unas veces compartimos, otras no, y que en ocasiones nos sorprenden.

Este comentario viene a cuenta por lo que encontré en el ejemplar de este Hormigón de Bernhard: muchos pasajes subrayados, a lápiz, eso sí. Alguien se había dedicado a desentrañar el libro antes que yo. La sorpresa venía no por las frases más o menos citables, ni por aquellas que podrían ser clave para la comprensión de la novela, sino por las palabras sueltas que había redondeadas. «Burda», «vestíbulo», «cripta», «ciénaga», «nauseabunda», «perecerás»… el léxico seleccionado ofrecía una imagen angustiosa y claustrofóbica. Pasado el primer centenar de páginas, las marcas desaparecían. Quizá aquella persona ya no necesitaba leer más.

La novela, por su parte, recoge las anotaciones de Rudolf, un músico que ya no toca, que vive solo en la gran casa familiar de Peiskam, Austria, y que padece una grave enfermedad pulmonar que le impide llevar una vida normal. Su hermana le ha visitado durante unos días y le ha instado a que vaya con ella a Viena, o a que viaje a algún lugar más cálido y familiar, a Italia o a Palma de Mallorca. Rudolf está agotado, y cree que su hermana no hace más que burlarse de él y humillarle. Estaba deseando que se marchara para poder dedicarse a su trabajo, a su gran texto sobre Mendelssohn. Pero es incapaz. Lleva diez años preparándolo y aún así no puede empezar mientras no recupere el ánimo, ni hasta que encuentre la primera frase, ese inicio perfecto que hará que el resto del libro vaya rodado. Ese es uno de los mayores errores de la escritura: la obsesión por la apertura. Rudolf no sabe ver que la única forma de escribir es escribir.

Su carácter obsesivo se demuestra en las repeticiones, en las estructuras, ideas y expresiones recurrentes. Su enfermedad no se limita a la sarcoidosis, sino que parece sufrir de algún trastorno emocional. La dualidad que siente hacia su hermana, hacia su casa y hacia su trabajo, que ansía empezar pero no empieza, son indicativos de este hecho. En lugar de escribir sobre su compositor favorito escribe este monólogo interior cargado de ansiedad, de rencor hacia el mundo y hacia sí mismo, hacia una enfermedad que le incapacita y hacia las decisiones que toma siguiendo los consejos de una hermana a la que desprecia. Porque viaja a Palma, a pesar de todos los riesgos que implican para su frágil estado el viaje y el cambio brusco de temperatura. En el texto aparecen, poco a poco, sus frustraciones. También afloran su esnobismo y su sentimiento de élite, la pérdida gradual de contacto con el exterior, y las palabras de su hermana, que interpreta como amenazas o como consejos bienintencionados según el momento. En definitiva, se trata de las memorias de una imposibilidad, de la descripción de ese callejón sin salida al que algunas enfermedades reducen la condición humana, y de los efectos que esto tiene en la psique de quienes las padecen y de su entorno. Aquella otra mano lectora que mencionaba al principio no iba desencaminada.

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