El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales (Anagrama, 1997)

SIlencio

 

Suele decirse que los libros no cambian, que cambiamos quienes los leemos. Quiero creer, aunque me cueste hacerlo de verdad, que con los años ganamos algo semejante a la sabiduría. En el fondo, no se trata de otra cosa que de vanidad, de pensar que me he librado de algunas idioteces causadas por la inexperiencia, aunque es seguro que he ganado una cantidad igual o superior de idioteces nuevas. Por eso puede ser interesante revisar algunas lecturas cuando ha transcurrido cierto tiempo y comprobar cuánto coincidimos con aquellas personas que fuimos. Cuando leí por primera vez El silencio de las sirenas, hace media vida, no me gustó. Soy incapaz de recordar los motivos, pero la impresión perduraba. Es más, hace años lo comenté con una estudiante Erasmus que me miró incrédula, porque a ella le había encantado. Creo que ahora entiendo sus motivos.

La novela se desarrolla en un pequeño pueblo de La Alpujarra, al que llega María —la narradora— para hacerse cargo de la escuela. El pueblo se le presenta como un universo cerrado, cargado de ritos y de costumbres que no conoce, y que sus vecinos se encargan de mantener así. La única que la hace partícipe es Matilde, una anciana que tiene el poder de sacar el mal de ojo y que tampoco se integra del todo en la comunidad. Así conoce también a Elsa, una joven solitaria que se aloja en el pueblo con el propósito de sanar de una anemia. María encuentra fascinante a esta muchacha ausente, y trata por todos los medios de hacerse su amiga. Las tres mujeres forman un nuevo universo cerrado que gravita en torno a la obsesión de Elsa por un hombre al que solo ha visto en dos ocasiones, pero del que está enamorada.

Decir que está enamorada quizá sea insuficiente. El de Elsa es uno de esos amores que dan sentido a la expresión «locura de amor», la cumbre del amor romántico que idealiza el objeto amado —aquí el adjetivo «platónico» adquiere todo su significado—y tortura al sujeto amante. Porque este amor no tiene correspondencia con la realidad, sino que se realiza a través de la escritura de cartas y de un diario. Los sueños de Elsa adquieren gran importancia, porque en ellos puede que se esconda la clave del amor que siente por un hombre que, en el mejor de los casos, es indiferente. El ambiente del pueblo tiene algo de fantástico, de magia antigua, con la presencia sospechada de ánimas, duendes y luminarias, donde Matilde realiza limpiezas espirituales con sahumerio y donde María experimenta con la hipnosis. Todo esto contribuye a crear una atmósfera de irrealidad de la que se nutre la obsesión de Elsa. El contraste con los hechos, y los intereses particulares de cada una de las tres mujeres, puede causar conflictos irresolubles.

Lo que más me ha sorprendido de esta relectura es la semejanza, aunque oblicua, con la obra de Banana Yoshimoto. Ambas comparten la misma languidez, la misma sombra de locura, la sencillez de un estilo que roza lo oral, las alusiones vagas al onirismo y un aire casi mágico en el que parece que la tragedia está a punto de estallar, por mucho que se mantenga la calma. Desde luego, esto no es más que una opinión personal, pero creo que la familiaridad está ahí, más allá de la distancia cultural evidente que hay entre Granada y Tokio o Izu. Hay algo cautivador en El silencio de las sirenas, algo que en su día no supe ver, pero hoy sí. Quién sabe qué veré de aquí a otros veinte años.

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