La broma infinita, de David Foster Wallace (Literatura Random House, 2016)

El problema con los libros extensos es que llevan tiempo y, una vez terminados, provocan cierta sensación de incertidumbre, un «y ahora qué» que desorienta durante una temporada. Supongo que se les puede aplicar aquello del roce y el cariño, porque los libros nunca son simples objetos, y establecemos con ellos una relación, una especie de diálogo en el que las dos partes nos proyectamos e influimos la una en la otra, lo que lleva a esa nostalgia que causan las despedidas cuando se acaba la última página. Más aún si tenemos en cuenta que su propio volumen puede servir como medida disuasoria y que la decisión de leer un tocho de mil doscientas y pico páginas ya es, en sí misma, un compromiso ante una tarea que sabemos exigente y de la que esperamos una recompensa adecuada, pero de la que también tememos que resulte insufrible. Cada cuál sabrá si puede o quiere asumir el riesgo.

Hay poco que no se haya dicho ya sobre La broma infinita, que en los veinte años pasados desde su publicación original se ha convertido en uno de esos libros que espantan tanto como fascinan, de esos que tienen fama de difíciles, de los que someten a quienes se atreven a leerlo a una especie de ordalía pedantesca de la que no cabe más remedio que huir, pero que se invocan en las reuniones sociales para darse aires de intelectual. En ella existen tres historias principales, que se desarrollan en torno a tres asuntos concretos: la de la familia Incandenza, centrada en Hal, el hijo menor, promesa del tenis y prodigio intelectual; la de la Ennet House, un centro de desintoxicación, centrada en Don Gately, un antiguo ladrón; y la del conflicto geopolítico entre Canadá y Estados Unidos tras la reordenación territorial y la unión de los tres países de América del norte —incluido México—, centrada en la búsqueda de una película capaz de someter las voluntades de quienes la ven, por parte de los servicios secretos estadounidenses y de una organización terrorista quebequesa llamada Assassins des fauteuils roulantes (Asesinos de las sillas de ruedas) que pretende utilizarla como arma para lograr la independencia de Quebec; es en esta trama en la que se aglutinan la mayoría de elementos de ciencia ficción o de anticipación. El director de la película —titulada La broma infinita— es James Orin Incandenza, padre de Hal, fundador de la Academia Enfield de Tenis, alcohólico y suicida. Una de las copias se encuentra en posesión de DuPlessis, jefe de los A.F.R., que fallece por accidente cuando un Gately todavía adicto y su compañero entran en su casa a robar. Este hecho pone en marcha la acción de la célula separatista y lleva a Gately a prisión y después a su desintoxicación en la Ennet House, donde más tarde trabajará y donde también conocerá a Joelle Van Dyne, protagonista de la película.

Esta especie de círculo es característico de la estructura de la novela, que expone los acontecimientos revueltos y sin respetar la continuidad temporal, con saltos hacia delante y hacia atrás, y superponiendo los tres grandes temas que plantea: el tenis, la adicción y el consumo. Cuando una novela desarrolla varias tramas esperamos que estas confluyan en un momento determinado y cobren un sentido nuevo, que se resuelva un clímax que revele que, en realidad, siempre se ha tratado de un mismo cuerpo aunque viéramos sus miembros por separado; esperamos una gran revelación, ver al fin el elefante y sorprendernos por su solidez. En este puzle mastodóntico que es La broma infinita lo que hay es una densa red de cruces continuos, paralelismos y sincronías que, por su sutileza, puede pasar desapercibida o, peor aún, parecer caótica —en realidad, es posible que las tramas coincidan, aunque en un tiempo que no vemos, en el año que falta entre el final de los acontecimientos del ARIAD (Año de la ropa interior para adultos Depend) y la escena de apertura de la novela; es decir, que el auténtico momento climático de la novela estaría fuera de ella—. En las primeras páginas, Hal hace una entrevista de ingreso a la universidad durante la que es incapaz de emitir ninguna palabra, lo que enlaza con el mutismo de Gately al final de la novela. Ambos personajes tienen trayectorias paralelas pero inversas, y Hal se hunde en la adicción mientras Gately se recupera de ella. Este es otro de sus enormes círculos o anillos, si consideramos que la idea de «anularidad» es recurrente en la novela.

Pero el mutismo de ambos es significativo en otro sentido, porque revela el que puede ser el problema fundamental de La broma infinita, más allá del tenis, la adicción y el consumo: la naturaleza falible de la comunicación. Creo que hay varios factores que apuntan en esta dirección. Por un lado, la obsesión de Avril Incandenza —madre de Hal y sus hermanos, promiscua viuda del director de la película, directora de la Academia Enfield de Tenis y con vínculos de juventud con la izquierda separatista quebequesa— con la gramática. Por otro, la fantasía de James O. Incandenza de que Hal no habla con él, cuando en realidad sí lo hace; también las mentiras constantes de Orin, el hermano mayor de Hal. Por último, gran parte de los diálogos que entablan los personajes son ridículos, cada uno de los hablantes está centrado en sí mismo y no parece prestar atención a su interlocutor; es decir, que todos hablan pero nadie escucha.

Puede que esta característica de la novela, unida a su orden mismo, sean el reflejo de la desestructuración psíquica del fin del siglo XX y de la cultura visual que critica Wallace en más de un lugar. El «yo» se ha convertido en una entidad imprecisa que nada tiene que ver con ese núcleo de acceso privilegiado que proponía Descartes; la tensión no se limita, por tanto, al conflicto entre el interior secreto y el exterior público, sino que se enquista en la idea misma de interioridad y de verdad personal. Una de las funciones que ejerce la Academia Enfield de Tenis es preparar a sus mejores alumnos para el circuito profesional, y para que sean capaces de soportar las presiones a las que se someten las figuras públicas les convence de que son máquinas, pura superficie funcional en dos dimensiones: sin yo, sin profundidad y, por tanto, sin conflictos. La anhedonia de Hal puede ser la culminación de este proceso, y es la razón que le empuja a consumir marihuana de forma compulsiva. Vista la evolución de este personaje, esta trama es una inversión de la tradicional novela de aprendizaje, que en lugar de generar una personalidad separada de su entorno y dotada de significado interior la minimiza y le transforma en cáscara, en apariencia preparada para brillar en las emisiones de entretenimiento, en los pósteres promocionales o en las páginas de las revistas. Pero Hal reconoce esta privación de fondo y se desprecia por ella.

Las apariencias y los fallos de comunicación son centrales en el resto de tramas, cuyos personajes no solo tienen problemas para entenderse, sino que mienten de continuo —la desfiguración de Joelle y las dudas que provoca en su entorno es relevante—; pero este no es sitio para hacer un análisis pormenorizado. Es cierto que Wallace no lo pone fácil y que la novela exige mucha atención, pero es un texto estimulante; cuanto más pienso sobre ella más grandiosa me parece. La principal dificultad que plantea es que estamos tan acostumbrados a que los relatos avancen de forma lógica que, al ofuscar las relaciones causales, pensamos que la novela está mal construida. Salvo algún detalle, la precisión de Wallace es asombrosa —el monográfico de Stephen Burn sirve para aclarar la cronología y los cruces de personajes—, y aunque caben pocas dudas de que su erudición, su dominio lingüístico y su voluntad de superar los límites de la novela posmoderna —en especial la maximalista de Pynchon o Gaddis— pueden parecer pedantes o pretenciosas, hay que admitir que La broma infinita es una obra maestra. Yo la volveré a leer.

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