Matar a Platón, de Chantal Maillard (Tusquets, 2007)

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Siempre he pensado que la poesía comparte con la música una cualidad irracional. Creo que ya he mencionado aquí su capacidad para cortocircuitar nuestro raciocinio, para puentear la lógica y alcanzarnos en otro lugar, tal vez, más elemental. Lo curioso de este hecho es que ambas disciplinas se levantan sobre los dos instrumentos más racionales de que disponemos: el lenguaje y las matemáticas. De este modo, el intelecto y la sensibilidad, que en un principio parecen contrapuestos, se muestran enlazados a través del arte. Si digo esto es porque música y poesía nos afectan —cuando lo logran, claro está— a un nivel íntimo. Primero provocan la emoción; el entendimiento, si llega, lo hará después. Seguir leyendo “Matar a Platón, de Chantal Maillard (Tusquets, 2007)”

El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales (Anagrama, 1997)

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Suele decirse que los libros no cambian, que cambiamos quienes los leemos. Quiero creer, aunque me cueste hacerlo de verdad, que con los años ganamos algo semejante a la sabiduría. En el fondo, no se trata de otra cosa que de vanidad, de pensar que me he librado de algunas idioteces causadas por la inexperiencia, aunque es seguro que he ganado una cantidad igual o superior de idioteces nuevas. Por eso puede ser interesante revisar algunas lecturas cuando ha transcurrido cierto tiempo y comprobar cuánto coincidimos con aquellas personas que fuimos. Cuando leí por primera vez El silencio de las sirenas, hace media vida, no me gustó. Soy incapaz de recordar los motivos, pero la impresión perduraba. Es más, hace años lo comenté con una estudiante Erasmus que me miró incrédula, porque a ella le había encantado. Creo que ahora entiendo sus motivos. Seguir leyendo “El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales (Anagrama, 1997)”

Vive o muere, de Anne Sexton (Vitruvio, 2009)

Los seres humanos tenemos la necesidad de imponer orden a un entorno que, a menudo, se nos presenta caótico. Por eso buscamos con insistencia patrones y repeticiones; por eso ideamos listas como el «club de los 27», un lugar en el que reunir a los músicos y cantantes fallecidos con esa edad —Joplin, Hendrix, Morrison, Cobain y Winehouse entre otros—. Es cierto que la acumulación de nombres, aunque se deba a la coincidencia, es curiosa. Algo similar ocurre con las poetas suicidas. Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik ponen fin a su vida de forma voluntaria; la condesa Elsa von Freytag-Loringhoven aparece muerta en el suelo de su cocina, intoxicada por el gas del horno, y sus amigas, entre las que se cuenta Gertrud Stein, no están seguras de que sea un accidente. Sylvia Plath también se mata. Cuando leemos en este Vive o muere los versos «[you did] crawl down alone / into the death I wanted so badly and for so long» [te arrastraste sola / hasta la muerte que tanto y durante tanto tiempo deseé], que Sexton le dedica a su amiga tan solo seis días después de su suicidio, no podemos evitar un estremecimiento. Porque en 1974 se encerrará al fin en su garaje y dejará que el dióxido de carbono emitido por el tubo de escape de su coche termine con ella. Seguir leyendo “Vive o muere, de Anne Sexton (Vitruvio, 2009)”

Hormigón, de Thomas Bernhard (Alfaguara, 2002)

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La ventaja principal de las bibliotecas públicas es que ponen a nuestra disposición una cantidad ingente de libros de forma gratuita. Para quienes tienen poco espacio —o leen mucho— el beneficio de las bibliotecas es incalculable. Pero más allá de estos aspectos prácticos, los libros de las bibliotecas ofrecen detalles que pueden despertar nuestra curiosidad. Hay rastros de quienes han leído ese libro antes, huellas de intereses ajenos que unas veces compartimos, otras no, y que en ocasiones nos sorprenden. Seguir leyendo “Hormigón, de Thomas Bernhard (Alfaguara, 2002)”

Alguien aquí, de Ada Salas (Hiperión, 2005)

Hace algunos años me matriculé en un taller de escritura poética impartido por Carlos Marzal, y he de admitir que la experiencia fue contradictoria. Por un lado, aunque eso ya entraba en las expectativas, no aprendí a escribir poesía. Durante el tiempo que duró el curso, escribí poemas malísimos. Horribles. A esas pequeñas vergüenzas no se las podía llamar poemas. Pero, por otro lado, también tengo la sensación de que aquél curso me hizo crecer. No sabría decir cómo, pero es así. Creo que mejoré como lector. Al fin y al cabo, para eso es para lo que Jaramillo dice, en su Método fácil y rápido para ser poeta, que sirven los talleres. Porque allí no se aprende a escribir, sino a leer. Quien enseña bien no te señala el camino a seguir, solo te indica que hay un camino y te entrega algunas herramientas que, con suerte, te ayudarán a encontrarlo y evitarán después que te extravíes. Seguir leyendo “Alguien aquí, de Ada Salas (Hiperión, 2005)”

Adopta una autora: Chantal Maillard

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Ella no tiene manera de saberlo, ni creo que le importe, pero me considero en deuda con Chantal Maillard. Fue gracias a un libro suyo que volví a la poesía, después de unos años asqueado por la condescendencia que veía a mi alrededor por parte de quienes escribían. Dejé incluso de leer —poesía, se entiende—, salvo excepciones como los libros proféticos de William Blake, quien, por su parte, me empujó a saber el poco inglés que sé hoy día. Llegué a Blake por Swedenborg y por Strindberg, y, sobre todo, por interés filosófico. Durante un tiempo, incluso pensé en dedicarle mi tesis doctoral a su pensamiento político. Mi curiosidad inicial, por tanto, no se debía tanto a sus evidentes cualidades líricas como al fondo ideológico que transmiten sus versos una vez descifrados. Seguir leyendo “Adopta una autora: Chantal Maillard”

Mala letra, de Sara Mesa (Anagrama, 2016)

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Entre las muchas preguntas que podemos hacernos en torno a la literatura, una de las que aparecen con más insistencia es ¿por qué leemos? Por supuesto, no puede darse una respuesta general, aunque casi todo el mundo lo hace por placer. Hay quien busca evadirse, o resolver un problema desde la seguridad del sofá —es sabido que Agatha Christie aumentó la dificultad de sus novelas para desafiar la sagacidad de su público—, o vivir romances ardientes, o conocer épocas lejanas, o vivir aventuras, o sorprenderse sin más. Entre los lugares comunes destacan que la lectura estimula la imaginación y que nos hace mejores personas porque, al experimentar vidas que no son las nuestras, aumenta nuestra empatía y nuestro conocimiento de situaciones que de otro modo nos serían desconocidas. Seguir leyendo “Mala letra, de Sara Mesa (Anagrama, 2016)”